domingo, 9 de junio de 2019

Paisaje y patrimonio de las Medianías Altas de Arafo. (I)




Un paisaje complejo. 
Las medianías Altas de Arafo ocupan casi 750 Hectáreas y se localizan entre los 480 metros y los 1.400 metros de altitud.
Sus límites son el barranco de La Tapia (Municipio de Candelaria) al Norte. Linda en toda su  franja  Oeste  con  el  Parque  Natural  de  Corona  Forestal y con el Paisaje Protegido de Las Siete Lomas, que ocupa buena parte (422 hectáreas) de estas Medianías. Por el Este, el límite lo constituye el casco urbano de Arafo y la carretera TF-523, en un  sector  muy  antropizado  proximo  al   núcleo  urbano  de  Arafo  y su extrarradio. El límite Sur se sitúa en las coladas históricas del Volcán de Arafo (Municipio de Güímar).
Este espacio está constituido por una serie de lomos y barrancos (Amance, Añavingo, Gambuesas, Afoña, Tapia), bastante encajados y que forman parte de la cuenca hidrográfica de Arafo, encuadrada entre los malpaíses de Media Montaña y del Volcán de Las Arenas.
Vista desde Lo de Ramos.
Se trata de un paisaje de marcado carácter agrario, con numerosas huertas y parcelas de cultivo abancaladas, muchas de ellas actualmente en desuso, pero otras en las que se han establecido multitud de cuartos de aperos e incluso pequeñas viviendas de segunda residencia.  
El principal acceso lo constituye la carretera TF-523, que comunica el pueblo de  Arafo con  la  carretera  TF-28. Existen otros caminos secundarios, pistas asfaltadas y caminos y senderos sin asfaltar, la mayoría de ellas con un uso agrícola.   

El paisaje de las medianías altas de Arafo posee unas peculiaridades propias, que lo hacen diferente al resto del municipio.
El cultivo principal es la papa, aunque en los últimos años está estancado y en algunos sitios en retroceso. Dicho cultivo está asociado a la viña, a los cereales (millo), hortalizas (calabaza, bubango), leguminosas (habichuelas, habas, arvejas) y árboles (gran variedad de frutales templados, tropicales y cítricos).

Barranco de Los Pilones de La Granja.
 
Estos cultivos se desarrollan en canteros o huertas tradicionales, donde el suelo agrícola principal es la zahorra o bano (piroclastos volcánicos ácidos), convertida en arenas y gravas de grano más o menos grueso y cuya construcción forma parte de todo un proceso desarrollado secularmente por los agricultores con el fin de obtener suelo y espacio útil.
Lo destacado de este paisaje es que tiene un gran valor medioambiental, porque se convierte en una defensa frente a la erosión de los suelos, debido a que estos terrenos de gran pendiente han sido sorribados, creándose un terrazgo en bancales sobre laderas de grandes desniveles.
Este sistema agrario secular se enfrenta a los daños causados por las arroyadas torrenciales y también es un sustrato que no se apelmaza con facilidad, ni en el que se forman costras superficiales, por lo que es fácil de trabajar y el agua de riego es absorbida de modo eficiente. 
Lo de Ramos
El paisaje de la viña, aun siendo un cultivo tradicional prácticamente establecido desde el S.XVI, ha sido en gran medida marginal en cuanto a su disposición (se plantaba en los bordes, a modo de marco de las huertas, para dejar el centro del lienzo para otros cultivos), pero no en extensión, puesto que al ser una planta eminentemente de secano ocupaba un espacio agrario bastante amplio, hasta zonas altas de cumbre.
En la actualidad, es un cultivo que ha protagoniza un gran auge, tanto en superficie cultivada como en producción, bajo nuevos métodos agronómicos (espaldera sobre todo).
Un paisaje poblado.
La agricultura tradicional se encuentra relacionada con un tipo de poblamiento típico de estos espacios rurales, en los que las viviendas se instalan sobre los lomos, a lo largo de caminos que ascienden a la cumbre, ocupando solamente el frente de dicho camino, porque las partes traseras son ocupadas por bancales, que también se suceden en la primera línea del camino con otras edificaciones. 
Lomo de Abarzo, entre los barrancos de Añavingo y Las Gambuesas.

Suelen tener dependencias y construcciones anejas relacionadas con el uso agrícola, como embalses reguladores, lagares, e incluso corrales y goros para animales domésticos.
El origen de estos asentamientos es variado. Algunos tienen una génesis tradicional, ya que fueron construidos en momentos en los que la explotación de tierras alejadas era fundamental en la economía (Lo Cartas), pero otros proceden de casas diseminadas en medio de fincas, que, por procesos de herencia y división de la propiedad fueron generando nuevas viviendas.
Los cuartos de aperos, que se construían para guardar útiles de labranza y servir de almacén a los productos de las cosechas y de bodegas, también han tenido una influencia destacada en el crecimiento y estabilización de los vecinos, sobre todo en los últimos treinta años. 
La Granja, parte alta, cerca de Los Frailes.
Hay otros elementos  antrópicos,  principalmente infraestructuras hidráulicas, que a veces destacan en el conjunto paisajístico.
Este tipo de poblamiento, difuso en origen, ha evolucionado hasta convertirse en núcleos discontinuos salpicada por casas diseminadas, muchas con carácter ocasional, pero otras convertidas ya en viviendas permanente (Cosme, Las Montesinas, Lo Carta, Los Barranquillos, Peña, El Pinalete).
Este paisaje poblado se integra en las laderas y lomos abarrancados de la  medianía  del Municipio, con puntuales manifestaciones de pinares dispersos  que  son más densos en  las  zonas  más altas. 
Portillo de La Granja.
No obstante, como ya hemos descrito, se trata de un intensamente humanizado,  siendo precisamente los aprovechamientos humanos que se han venido  desarrollando los que dan contenido al  paisaje y explican el grado de transformación  con el que ha llegado a nuestros días.
Estos sectores habitados y cultivados se alternan con otros sectores:
1. Espacios de vegetación natural, (barrancos y laderas de gran pendiente).
2. Espacios de huertas descuidadas, en una fase más o menos reciente de abandono y cubiertas por vegetación de sustitución, como jaguarzos, vinagreras, magarzas, inciensos o tuneras,
El paisaje de la zahorra, cuando se deja de trabajar, sufre un proceso acelerado de deterioro, al caerse los muros por la falta de mantenimiento. Por los huecos de las paredes caídas, en cada episodio de lluvias, el material de la sorriba, que son suelos agrarios fértiles, se pierde, conducido al fondo de los barrancos.
El Tablonito.

Un paisaje de profundos barrancos.
Otros elementos básicos para entender el paisaje de las Medianías Altas de Arafo son los barrancos con vegetación natural, como los de Añavingo, La Piedra, Chucarco, Ajafoña y La Tapia.
Se  trata  de  tramos  de  barrancos  muy encajados y profundos, con perfil en “V”, con laderas altas y verticales, que cuando están orientadas al norte y noreste aparecen  cubiertas con una vegetación natural de porte arbóreo, mayoritariamente termófila o de monteverde seco,  que  muestra  un  bajo  nivel  de  degradación.
Sus fondos sueles estar tapizados por sedimentos removilizados de tanto en tanto por la escorrentía superficial, aunque en otros se encuentra el álveo limpio o cubierto de rocas de diferentes forma y granulometría, producto de la dinámica coluvial.
Un paisaje de nateros, hoyas, veras y fajanas.
Algunos tramos de estos barrancos, como los de Cosme, Piedra Cumplida, así como barranquillos de menor entidad, tributarios de los mayores (La Granja, Hoya Grande, Barranquillo de los de Carta, Barranquillo de Los Loros, Barranquillo de El Majano), está humanizados por la presencia de paredes hechas de tosca, sorribas de zahorra, algunos cultivados y otros con vegetación de sustitución.
En algunos, estas construcciones recubren buena parte de su extensión y han sido aprovechados para realizar charcas, e incluso algún tipo de edificación.
Cuando las sorribas se realizaban de modo paralelo y longitudinal al cauce principal (sobre todo en barrancos mayores), se les denominaba veras y fajanas, y eran lugares donde se cultivaban leguminosas y cereales.
Cuando se sitúan de modo transversal al cauce (sobre todo en los barranquillos de menor entidad) se les llama hoyas y nateros y en ellos se cultivaba una mayor variedad de productos desde frutales a cereales e incluso papas.
Almendrero y castañero sobreviviendo en una antigua hoya. Lo de Ramos.
Un paisaje de lomos.
Como ya hemos dicho anteriormente, los lomos que dividen los barrancos y barranquillos ha estado ocupada por las actividades humanas desde hace muchos siglos, y en ellos se sitúan la mayor parte de las edificaciones y viviendas dispersas, las pistas, los caminos, las conducciones de agua más importantes, y las zonas dedicadas a los cultivos más interesantes, ya sea desde el punto de vista productivo como etnográfico.
En estos lomos es donde se sitúan también los rodales de pinos canarios más destacados, lo que concede al paisaje un repentino matiz de naturalidad (Los Loros, El Tablonito, Lo de Carta, Gorgo, Meloja, Las Montesinas, Jualdián, Los Santiago, Las Vigas)
Las coladas emitidas por el Volcán de Las Arenas en 1705, hoy se encuentran, en gran medida, colonizadas por masas de pinos (pero hay que decir que muchos de ellos fueron fruto de repoblaciones forestales llevadas a cabo hace cincuenta años).
Los elementos antrópicos a reseñar son varias construcciones residenciales, algunas fincas en producción y cuartos de aperos, así como diferentes pistas y caminos.
Es evidente la importancia de los elementos geomorfológicos, ya que, exceptuando la presencia de los pinos reseñados anteriormente, todavía es reconocible la potencia e importancia de las lavas volcánicas.
Tanto el sector agrario de Las Vigas, como el de Lo Ramos son explotados sobre sendas manchas, o sea terrenos de suelos antiguos preexistentes a la erupción volcánica que las coladas no lograron cubrir.
En El Pinalete, Los Santiago, Galván, El Perú y Las Longueras existe un asentamiento agrario sobre un gran lomo en rampa de dimensiones medias que no tiene barrancos o barranquillos de importancia, más allá de algunas hoyas y nateros, pero que es una de las zonas de mayor ocupación edificatoria en la actualidad.
Aunque las edificaciones en este sector proceden de antiguo, como atestigua la vieja casa de Los Santiago, o algunas bodegas de techos de vigas de tea en Las Longueras, es cierto que el auge de la edificación en suelo rústico ha afectado a este sector desde finales de la década de 1970.
Estas edificaciones se imbrican en una densa malla de canteros abancalados y escalonados, con múltiples infraestructuras como estanques, charcas, vías asfaltadas, pistas, caminos, líneas telefónicas y de tendido eléctrico bodegas y cuartos de aperos, además de numerosas canalizaciones de agua.
El paisaje de la Media Montaña, está dominado por la presencia visual y estructural del edificio volcánico del mismo nombre, que es un cono  de  piroclastos bien conservado y en cuya cima se identifica aún el cráter, escasamente desmantelado y cuyas laderas sólo se han visto alteradas en la vertiente norte a consecuencia  de  la  labor erosivo del barranco de Tapia, que ha dado lugar a desplomes por socavamiento prolongado de la base.
El dominio de la componente geomorfológica es absoluto, si bien las labores extractivas, la presencia de una pista y algunas edificaciones próximas confieren cierto relieve a la componente antrópica, algunas infraestructuras notables, como la carretera TF-523, que la surca, así como, cuartos de aperos y terrenos cultivados, con abundancia de castaños y guindos.
Cima de la Media Montaña.


jueves, 11 de octubre de 2018

INCENDIOS FORESTALES: HACIA UN CAMBIO DE PARADIGMA



Como ya hemos descrito en anteriores entradas, la gestión preventiva del fuego forestal es en la actualidad una de las acciones más eficaces para salvaguardar la seguridad de las personas, las propiedades y el medio ambiente forestal frente al riesgo de incendios sin control.


La aplicación de quemas prescritas como herramienta básica del manejo de la masa forestal, permite alcanzar buena parte de los objetivos definidos dentro de los programas de una gestión forestal correcta, donde se combinen todos los usos del territorio, tanto los ambientales, como los sociales y económicos.

Masas de pinos con alta densidad y esacaso manejo del combustible. Terreno preparado para el próximo incendio forestal.


Por lo tanto hay que tener claro que esta herramienta no es un fin en sí mismo, sino que proporciona mecanismos mediante los cuales se pueden alcanzar unos objetivos mucho más generales.


A fines del siglo XIX y principios del XX, el enfoque de la política forestal en España y otros países europeos, debido a la necesidad perentoria de obtener recursos económicos, la degradación a la que estaban sometidos los bosques españoles por culpa de la deforestación histórica y la presión que se ejercía sobre los recursos forestales por parte de la población rural, que utilizaba el fuego como una herramienta más, provocaron que los incendios forestales se consideraran por parte de numerosos técnicos, políticos y pensadores como el Gran Enemigo

Altas densidades de pinos en las repoblaciones de la isla de Tenerife.



El fuego se consideró una gran amenaza siempre y cuando afectara a las masas arboladas, y la tendencia, remarcada a mediados del Siglo XX siempre fue su eliminación total.


Tras la Guerra Civil, la autarquía y los años de sequía, miseria y hambre, condujeron a una intensificación de la política de repoblación forestal, iniciada ya durante la Restauración Borbónica y la Dictadura de Primo de Rivera.

La política de reforestación fue clave durante los años de autarquía



La búsqueda de altos rendimientos en los bosques repoblados llevó a que las prácticas de manejo forestal se centralizaran en maximizar de manera eficiente la producción de madera, pero también de leñas, carbón y, sobre todo, pulpa de papel obtenida de las plantaciones de eucaliptos.
También se vincularon los trabajos de repoblación forestal a la política de construcción de embalses. Estos ambiciosos objetivos, junto con el persistente temor al fuego, provocaron que el manejo del fuego se dirigiera casi en exclusiva a la prevención y supresión de incendios forestales para minimizar las zonas quemadas y, en última instancia, la pérdida de vidas, propiedades y recursos naturales. 

La repoblación forestal fue esgrimida durante años como uno de los logros de la Dictadura de Franco.


En la actualidad, los grandes incendios forestales no controlados, se consideran indeseables desde la óptica de políticos, planificadores, técnicos y ciudadanos en general.


Los sectores económicos relacionados con los montes, en especial en aquellos municipios y provincias dependientes de los bosques, afrontan hoy la necesidad de aumentar los recursos forestales disponibles (en el amplio sentido de la palabra, incluida la recreación o el turismo), lo que ha hecho acrecentar las preocupaciones sobre el impacto económico y social de los incendios forestales.
 

Se pueden citar las siguientes razones para disminuir el número y tamaño de los incendios forestales:
  • Las amenazas crecientes al desarrollo urbano en áreas de bosques o cerca de ellas (los fuegos de interfaz urbano-forestal), 
  • El impacto potencial de los grandes incendios en la salud pública y en la “economía verde”, 
  • La pérdida de biodiversidad 
  • El efecto que las emisiones generadas por los incendios forestales ocasionan en el ciclo global del carbono . 


La pretensión de controlar los incendios forestales y creer que es algo viable, se basa en una actitud posibilista: los seres humanos podemos dominar a la naturaleza.

Plantaciones de eucaliptos.


Esta pretensión se ha visto estimulada por el gran desarrollo tecnológico (sin precedentes en la historia de la Humanidad) que ha ocurrido en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, tanto en el transporte (aviones y helicópteros), en los equipamientos (motobombas, vehículos terrestres, medios químicos como viscosantes y retardantes, equipos de protección individual para los operarios), en formación (cuadrillas profesionales y con formación continua y actualizada), como en las comunicaciones (tecnología de satélites, avances informáticos).


Todo esto ha contribuido a que, en la lucha contra el fuego, los ataques iniciales sean más rápidos y de modo más sólido y sostenido, lo cual ha llevado a que la efectividad de los programas de extinción de incendios haya aumentado, hasta el punto de que más del 60 % de todos los incendios en España sean estabilizados y liquidados en áreas muy pequeñas (menos de 1 hectárea). 

En Canarias, la relativamente baja cantidad de siniestros, así como la concentración de zonas forestales en determinadas zonas del territorio, ha incidido tradicionalmente en que el porcentaje de conatos sea muy elevado. El 95% de los siniestros del archipiélago canario son menores de cinco hectáreas y suponen menos del 1% de la superficie afectada. La superficie forestal afectada es mínima, no llegando al 2%, y suelen afectar preferentemente a superficies arboladas.

Los grandes incendios forestales son cada vez más frecuentes en nuestro montes.


En Canarias, el año 2007 ha sido el peor del Siglo XXI, en el que se vio afectada más del 6% de la superficie forestal (35.758,62 ha) y casi el 16% de la superficie forestal arbolada (21.007,80 ha), como consecuencia de dos Grandes Incendios Forestales que afectaron a Tenerife y Gran Canaria. El 96% de la superficie afectada es como consecuencia de los GIF ocurridos en lo que llevamos de siglo.


La intervención en los primeros momentos de los incendios es fundamental para evitar su propagación. El 60% de las intervenciones en conatos se produce en los primeros 15 minutos. Y en los siguientes 30 minutos se interviene en el 45% de los incendios.

La mayor concentración de siniestros se da entre los meses de julio y septiembre, donde coinciden gran parte de los incendios. Fuera de estos meses se reducen notablemente los siniestros mayores de una hectárea.

Faja auxiliar cortafuegos.

Sin embargo, un pequeño porcentaje continúa escapando al ataque inicial, y estos incendios, que son extremadamente difíciles de controlar, representan casi toda el área quemada y la mayoría de los gastos de manejo de incendios en España.


Los grandes incendios forestales son pocos (una media de 23 al año en el último decenio), pero muy destructivosEn muy pocos siniestros se quema la mayor parte de la superficie forestal afectada cada año. Hace dos décadas, los GIF eran responsables del 27% de la superficie total afectada. Entre 2007 y 2016, ese porcentaje aumentó hasta el 37%. En 2016 el 50% de la superficie quemada lo hizo en un gran incendio forestal.

Tratamientos selvícolas para reducir la masa de combustible forestal. Isla de La Palma.


Algunos expertos, basándose en las experiencias de lucha contra el fuego en España y otras naciones similares, como Francia, Portugal, Grecia, Suecia, Chile, Estados Unidos o Canadá la lucha total contra el fuego, la represión parece estar llegando al límite de su efectividad económica y física.

Aquellos que trabajan estrechamente con el fuego ahora se dan cuenta de que no es económicamente posible (ni deseable desde el enfoque ecológico) eliminar por completo el fuego de nuestros ecosistemas forestales.

Mantenimiento y limpieza de cañadas y cortafuegos utilizando ganado vacuno.

Los grandes incendios forestales, los que superan la capacidad de extinción, no se extinguen poniendo más efectivos, ni más medios aéreos o terrestres, sino gestionando los bosques, impidiendo la continuidad del combustible forestal, como campos cultivados, zonas aradas, gestionar los montes disminuyendo la densidad de la vegetación, usando ganado para eliminar matorrales y mantener sendas y cañadas libres de vegetación. 


En las zonas habitadas, sobre todo en las rurales, eliminando herbazales y arbustos de los terrenos agrarios y manteniendo las viviendas con perímetros limpios de vegetación.

Lograr que nuestros montes alcancen un equilibrio entre biomasa, biodiversidad y aprovechamientos óptimos, pero respetuosos con el medio, es uno de los objetivos principales de las políticas de gestión forestal.

martes, 11 de septiembre de 2018

INCENDIOS FORESTALES: PANORAMA ACTUAL.



Una de las medidas que se están tomando en muchos de nuestros montes, para controlar la cantidad de combustible, es eliminarlo mediante la realización de quemas controladas o prescritas, de tal manera que se limiten los incendios futuros.

Otra de las medidas es plantar árboles que tengan resistencia al fuego. En Canarias, por ejemplo, tenemos el caso de los bosques termófilos, casi desaparecidos en la actualidad, pero que tienen la particularidad de que la mayor parte de sus especies son resistentes a los incendios forestales.

Los montes españoles están en gran medida abandonados. La falta de gestión y aprovechamientos es cada vez mayor por muy distintas causas.
Los bosques están acumulando biomasa combustible en exceso, lo cual favorece el desarrollo de grandes incendios, lo que junto a la especial problemática de la interfaz urbano-forestal, constituye el mayor riesgo de perturbaciones en el territorio forestal.

Altos de Granadilla tras el incendio forestal de la primavera de 2018. Este incendio afectó, sobre todo a los matorrales y vegetación arbustiva acompañante del pino.

Los primeros datos disponibles referidos al conjunto de superficie forestal en España se remontan a mediados del siglo XIX. En 1860 la superficie forestal se situaba en 32 millones de hectáreas, extremadamente degradadas, en donde solamente se consideraban arboladas 12 millones de ellas y se estimaba que el monte alto arbolado en buenas condiciones no superaba los 6 millones de hectáreas.

En 1940, tras la Guerra Civil, España alcanzó el nivel de menor superficie forestal de su historia: 24 millones de hectáreas (8 millones menos que en 1860).
De igual forma, la superficie arbolada alcanzó mínimos históricos (11,7 millones de hectáreas) de los que sólo 5 millones correspondían a monte alto y el resto correspondía a montes bajos, claros y extremadamente degradados.

Cerro de Albarracín, deforestada. Este era el panorama de muchos de nuestros montes tras la Guerra Civil.

Entre 1940 y 1970 continuó decreciendo la superficie forestal, aunque con menor intensidad que en los años anteriores, ya que comenzaron los planes de repoblación y se estabilizó la superficie forestal en torno a 25 millones de hectáreas.
Entre 1975 y 1995 se produjo un incremento de la superficie arbolada debido al masivo éxodo rural y a la intensificación de las explotaciones agrícolas, con el consiguiente abandono de terrenos agrícolas marginales y su forestación natural o planificada.

Finalmente, entre 1995 y 2010 se siguió incrementando la superficie de bosque con gran aceleración fruto principalmente de las políticas de Forestación de Tierras Agrarias (PAC) y de la regeneración natural.

La visión de esta evolución de la superficie de bosque se debe contemplar en paralelo a la evolución de los usos del suelo, ya que el incremento de bosque es complementario al decrecimiento de terrenos desarbolados, pastizales y superficie de cultivo agrícola. 

Trabajos de reforestación en los altos de Arico y Fasnia. La regeneración de los pinares en esta zona ha sido una línea de actuación importante en la politica forestal insular en los últimos veinticinco años.

El abandono del mundo rural es una de las causas principales del abandono de nuestros montes. Aunque los desbroces, las talas selectivas y las quemas prescritas, sirven para prevenir grandes incendios, y reducir el riesgo de fuegos muy graves, para poseer bosques que no sean propensos a los grandes incendios, es necesario tratar, no cientos de hectáreas, sino miles o decenas de miles de hectáreas, lo cual está fuera del alcance presupuestario y de capacidad de gestión de cualquiera de nuestras administraciones públicas.

Sin embargo, aunque la quema prescrita es un método rápido y económico de reducir el combustible en grandes zonas de nuestros montes, éste método se enfrenta con frecuencia a la resistencia de la opinión pública y las reticencias de numerosos colectivos, entre ellos numerosos usuarios de los montes.

Ejecución de una línea de defensa por la BRIFOR de Tenerife, durante el incendio de primavera de 2018, en Granadilla.

Otra de las intervenciones que también encuentra oposición es la de permitir el crecimiento de especies autóctonas menos vulnerable al fuego, aun cuando las zonas donde se repuebla con tales especies pertenece a su hábitat natural. Así fueron las discrepancias que se plantearon en muchos medios de prensa insulares cuando se abordó la eliminación de Pinus radiata (una especie forestal introducida) en el Norte de Tenerife, especialmente el La Orotava, Monte del Agua, Tegueste y Los Silos.

Sin embargo, tras las talas de esa especie exótica, el Monteverde ha ido recuperando poco a poco el territorio que le pertenece, no sin ayuda de la repoblación artificial. Se plantó viñátigo, acebiño, laurel, paloblanco, hija, aderno, madroño, naranjero salvajes, faya, sanguino y barbusano, todas ellas especies mucho más resistentes a los incendios forestales que el pino insigne. 

Regeneración del monteverde (brezos principalmente), tras la tala de las masas de Pinus radiata en el norte de Tenerife.
Dadas las incertidumbres sobre cómo el cambio climático, los ataques de plagas y otras tensiones afectarán a los bosques en las próximas décadas, es necesario compensar los daños causados por los incendios, mediante la plantación de especies siempre adecuadas al piso bioclimático. Ese enfoque ayudaría a hacer que los ecosistemas sean más resilientes.

Por otro lado, aunque es representado como una amenaza inmanejable que solo produce pérdidas y sufrimiento (y en gran medida esto es cierto), el fuego es, de hecho, esencial para mantener la salud, la estructura y la diversidad de la mayoría de los ecosistemas forestales.
Dada la naturaleza dicotómica de estas dos realidades, los políticos y técnicos, y los propietarios y gestores de montes, se enfrentan a un desafío desalentador al buscar formas de equilibrar los beneficios potenciales y los inconvenientes del fuego en un intento de garantizar la sostenibilidad ecológica, económica y social de nuestros bosques, de la industria forestal y de las comunidades que viven del monte.

España tiene algo más de 27 millones de hectáreas de superficie forestal, de los que casi 20 millones son árboles. Es el segundo país, por detrás de Suecia, con mayor superficie forestal total de Europa. Posee casi el doble que Francia y cerca del triple que Alemania.

España posee una superficie destinada preferentemente a la producción maderable de alrededor del 20%, algo más de 5 millones de hectáreas, mientras que la superficie incluida en áreas protegidas es de 2,5 millones de hectáreas.

Quemas controladas en el pinar, eliminando importantes cantidades de matorral.

Millones de españoles y turistas también usan los bosques para actividades recreativas, como el senderismo, la observación de aves, el ciclismo, la pesca y la caza, gastando cientos de  millones de euros anuales en actividades basadas en el turismo en la naturaleza.

Los bosques españoles no solo contienen miles de especies diferentes de plantas, animales e insectos, sino que también almacenan una porción considerable del carbono terrestre del mundo.

La mayoría de los bosques del mundo mediterráneo han evolucionado armoniosamente con el fuego desde que la vegetación comenzó a colonizar la tierra después del retiro glacial al final de la última edad de hielo, hace 10.000 a 15.000 años. 

Quemas controladas usando la antorcha de goteo. Sierra de Gádor.

Muchas especies se adaptan o dependen del fuego, que desempeña numerosas funciones en los ecosistemas forestales, incluida la composición de especies y la estructura de edad, regula los insectos y enfermedades forestales, afecta el ciclo de nutrientes y los flujos de energía, y mantiene la productividad, la diversidad y la estabilidad de diferentes hábitats.

Desde el año 1960 hasta 1990 se sucedían en España 5.144 siniestros anuales por término medio, lo que afectaba a una superficie total forestal de 146.523 hectáreas, de las cuales un 40,6% son hectáreas arboladas y el resto desarboladas.

Desde 1990 hasta 2010 se ha registrado un máximo de 25.557 incendios anuales, sucedidos en el año 1995. El promedio en esos veinte años fue de 17.864 incendios anuales.

Trabajos de eliminación de material quemado tras el incendio de 2012 en La Gomera. Adecuación de fajas junto a las carreteras. En primer plano se puede observar el rebrote de cepa de algunas especies.

La superficie forestal promedio afectada por incendios forestales en el mismo periodo fue de 139.775 hectáreas anuales, que desglosando según el tipo de superficie forestal es de 51.405 hectáreas de superficie arbolada y 88.370 hectáreas de superficie desarbolada.

El número medio de conatos (un conato es el incendio que afecta a menos de una hectárea) en esos mismos años fue de 10.694 casos.

Sin embargo, por culpa del cambio climático, también se espera que la actividad de incendios forestales aumente en muchas partes de España, especialmente en las zonas mediterránea e interior, debido a temporadas de incendios más largas, con veranos que duran hasta buena parte del otoño, mayor cantidad de combustible en los montes y condiciones de peligro de incendio más severas como resultado de un aumento en la frecuencia y severidad de sequía.

Estado del monteverde, años después, en el mismo lugar de la fotografia anterior.