jueves, 5 de febrero de 2015

Apuntes de Campo: Valle del Ahijadero (Arona).




En el sur de la isla de Tenerife, en la Comarca de Abona, entre los municipios de San Miguel y Arona, se encuentra el Valle de San Lorenzo o del Ahijadero, que se estructura ocupando una vaguada muy ancha, de escasa pendiente, entre las montañas y farallones rocosos de El Roque, Centinela, Lomo Empinado, Montaña Oroteanda y Montaña de las Mesas de Aldea al este y La Albarda, Igara, Vento y Montaña del Espadal al oeste.
Parte alta del Valle del Ahijadero. Al fondo, el Roque del Conde.
El centro de este valle está ocupado por un extenso campo de volcanes, entre lo que citamos Montaña Quemada, Montaña del Puente, Montaña de Las Tabaibas, Montaña Cambada, La Montañeta y Montaña Los Parlamentos. Como restos de antiguas morfoestructuras, encontramos el Roque de Malpaso y el Roque Abejera.
Todo el ámbito está fuertemente antropizado, aunque en distintos niveles. Además de la urbanización para uso residencial y las vías de comunicación, se encuentran invernaderos en explotación, instalaciones ganaderas, canteras y extracciones de áridos, depósitos de escombros y sectores con restos de cultivos al aire libre, hoy abandonados y llenos de maleza.
Panorámica de la parte baja del Valle desde Mesas de Aldea.
Para visitar aquellos espacios poco humanizados, como la zona de Mesas de Aldea, El Roque, o Igara, tenemos algunos caminos de tierra y algunos senderos de cazadores, aunque el Camino Real cruza por la Centinela y desciende por la Montaña de Las Tabaibas, para adentrarse en el núcleo del Valle de San Lorenzo y salir hacia Túnez.
Los sectores sur y este se encuentran muy degradados, cubiertos por un matorral nitrófilo de diversas especies arbustivas donde domina la aulaga (Launaea arborescens), pero incluso hay grandes llanos sin vegetación
La mayor parte del espacio está dominado por la presencia de coladas basálticas, con alteraciones que dependen de la intensidad de los usos del territorio, desde zonas apenas tocadas, donde podemos observar la morfología de las coladas, hasta zonas sorribadas y con acumulación de gangas debido a la transformación del suelo con destino agrario.
Cardonal refugiado en las laderas del Roque de las Mesas de Aldea. 
Pertenecen en su mayoría a los extensos malpaíses que fueron el producto de las erupciones del campo de volcanes estrombolianos, bien conservados, surgidos al sur del Valle. La mayoría de ellos se alinean según una fisura eruptiva de dirección N–S. Están compuestos por escorias, bombas y lapillis de naturalezas basáltica y han generado coladas “aa” de composiciones basálticas y piroclastos basálticos residuales.
Estas coladas buzan en sentido de la pendiente topográfica. Son coladas, por lo general de potencia considerable, pero la superficie se encuentra muy desmenuzada, con rocas fracturadas, sueltas entre los que hay diferentes acumulaciones de finos, transportados por los procesos de arroyada y depositados por procesos de sedimentación de diferente intensidad y espaciados en el tiempo. Esta superficie, alterada y disgregada es propicia para el asentamiento de un ralo matorral y herbáceas.
En medio encontramos coladas basálticas del potente apilamiento lávico de cerca de 1000 m de potencia, cuya máxima expresión topográfica es el Roque del Conde (1080 m). Está formado por coladas de basaltos muy antiguos subhorizontales de potencias variables entre 50 cm y 4 m. (Roque Abejera).
Hornito asociado a la erupción de La Montañeta.
En general, los suelos son de naturaleza mineral poco evolucionados, de escaso o nulo  espesor, con ausencia de  horizontes estructurales, y abundancia de fragmentos líticos. Son pobres en nutrientes y de baja fertilidad. Esto es debido a que nos encontramos con zonas relativamentes recientes, con baja alteración, y penuria de materia orgánica. El clima, con escasez de precipitaciones y gran insolación tampoco ayuda a la edafogénesis.
Sin embargo, en las vertientes de aquellas zonas más antiguas, los suelos aumentan su espesor y calidad, aunque el primer productor de suelo en esta zona ha sido la sociedad humana, que con sus sorribas y abancalamientos ha contribuido a formar suelos agrícolas que hoy corren el riesgo de degradarse hasta desaparecer, por culpa del abandono.
La vegetación potencial de este espacio está condicionada por su disposición en el área sur de la isla, en la medianía, con unas condiciones climáticas y edáficas ya explicadas con anterioridad.
Matorral de tabaibas amargas y verodes, cerca de Montaña Quemada
La vegetación también ha dependido en gran medida de la eficacia de los usos humanos del pasado de este espacio. El peso durante décadas de la ganadería (existen restos de corrales de ganadería caprina y ovina de suelta por todos los ámbitos que no han sido reutilizados para otros usos), ha condicionado la presencia de algunas formaciones vegetales. La abundancia relativa en la actualidad nos informa de  que los procesos de recolonización vegetal han sido intensos.
Existe un cardonal disperso por todo el ámbito (en especial en aquellas laderas más inaccesibles) que cuenta con algunos ejemplares de  cardón (Euphorbia canariensis), de considerable tamaño, al que acompañan las especies típicas, como balillo (Atalanthus pinnatus), el romero marino (Campylanthus salsoloides) y madama (Allagopappus dichotomus). Dentro de la Unidad Cardón (viviendo en el interior de los ejemplares de mayor tamaño) hay tasaigo (Rubia fruticosa), cornical (Periploca laevigata), duraznillo (Ceballosia fruticosa) y  esparraguera (Asparagus s.p.), aulagas (Launaea arborescens), y, sobre todo balos (Plocama pendula), que, junto con el cardón son la especie que se encuentra presente en aquellos lugares de mayor calidad ambiental, en especial los fondos de barranco como el de Malpaso y el de Igara.
La penca bruja o tunera india es una planta exótica bastante extendida por el sur de Tenerife.
El tabaibal dulce tinerfeño está presente en la Montaña de Oroteanda, donde hay un enclave de tabaibas dulces (Euphorbia balsamífera) mezcladas con otras especies, en especial la tabaiba amarga, balos y magarzas. Las tabaibas dulces están en aquellos lugares donde el abandono ha sido más prolongado. En sus puntos óptimos aparecen especies como el tasaigo (Rubia fruticosa).
En las zonas más fuertemente antropizadas existe un importante verodal (Kleinia neriifolia), hegemónico, que se extiende por los pasillos espaciales donde la transformación ha sido más  sensible, mediante huertas, caminos y otras actuaciones. El acompañante más corriente del verode suele ser la tabaiba amarga (Euphorbia lamarckii) sobre todo en los lugares de peor calidad.
 En las zonas más pedregosas aparece el matorrisco (Lavandula canariensis) y la magarza (Argyranthemum frutescens). También encontramos la ratonera, en paredes, muros, y grietas (Forsskaelea angustifolia), la esparraguerra, (Asparagus umbellatus)  sobre todo en vaguadas protegidas y la gamona (Asphodelus aestivus) en zonas expuestas, y laderas orientadas al sur y al este.
Los antiguos campos de cultivo están ocupados por una mezcla de gramíneas y, sobre todo pencones que ocupan los linderos de parcela. Aún sobreviven algunas higueras.
Al reducirse la vegetación potencial, por intervención humana, el territorio ha ido siendo ocupado por la  vegetación de sustitución, de gran importancia por su complejidad y diversidad, en función de su localización, del grado de alteración del territorio y del tiempo transcurrido desde ésta.
En general, son comunidades arbustivas y herbáceas. En estos matorrales intervienen muchas plantas introducidas por el hombre, como ocurre con la xenófita invasora y competitiva tunera bruja (Opuntia dilenii), en bordes de parcelas y el pencón (Opuntia máxima), que aparece solamente en aquellos lugares en los que se cultivó en el pasado.
Roque de Malpaso, desde su cara sur.
El norte y espacio central del Valle está cubierto por piteras (Agave americana), y por la menos frecuente sisal o henequen (Agave fourcroydes), planta de las que se extraían fibras.
Entre estas especies invasoras que han cobrado un gran protagonismo en los últimos años, hasta el punto de conformar paisajes propios y comunidades de sustitución compuestas por especies exóticas, destacamos el tabaco moro (Nicotiana glauca) y rabogato (Pennisetum setaceum) en solares y bordes de camino y el tartaguero  (Ricinus comunnis)  y el té del diablo (Datura stramonium) aparecen en zonas de rezumes y derrames de agua de riego.
Población del Valle de San Lorenzo. Todavía es posible ver una gran cantidad de estanques en uso. En primer término, la Montaña de Las Tabaibas.

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